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Ventanas [1107]

No he viajado tanto
para decirte de qué color
es el cielo cuando oscurece
en tus luceros se ven vías lácteas, auroras llorando,
espacios jamás antes explorados.
 
No he navegado tanto
para decirte tampoco
a qué huele el viento cuando escampa,
si es en llanuras donde nada esconden las montañas,
y coleccionan dientes de león que acaricias con la cara,
prados glaucos de verdes esperanzas.
 
No he dormido tanto
para soñar todo lo que imaginas
contar a qué duelen los pétalos cuando a mis pies los esparces,
las punzantes zarzas que enredas en tu pelo, derraman sangre,
bélicas guerras escálamo amarran gestas, hojas rojas, hiel de arce.
 
No me he dejado flotar tanto
hasta besar la superficie y perforar
heridas que con sal cicatrizan pasados, del frío renacen,
pulsaciones como tambores que me delaten
si te veo pasar, qué felicidad queda para los insensatos, ¡no ladren!
 
No he mirado más allá
de tus ventanas, vida mía,
la adrenalina no para de bombear como salmón subiendo ría,
lluvias torrenciales bajarán aprisa, me encontrarán.
 
Y aquí, sin viajar tanto como creía
leerán: epitafios, epifanías, retahílas, vidas
unas ajenas, otras mías, ninguna en vano, alguna en decaída,
porque cuando abren sus ventanas y me dejan asomar
veo colores agradables, algunos, todavía, sin solucionar.
 
Burgos, 2022


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Una noche paradójica

Tintineaban sincopadas las luces del pasillo. El goteo de uno de los grifos del baño revelaba que alguien se había olvidado de cerrarlo bien. No era de mi intención ir, estaba de turno de noche, debía permanecer alerta por si surgía una urgencia. Pero a su vez, sabía que nadie lo iba a cerrar, así que me apresuré a ir al baño con el portátil de rayos, mi mejor compañía en los horarios nocturnos. Dejé la mole en la salida de los baños y al abrir la puerta identifiqué rápido el grifo que goteaba. Una cadena sonó y pegué un respingo. Bueno, yo pronto me iría pero no pude fijarme mientras me iba en los bajos de los baños esperando ver que había una trasnochadora haciendo sus aguas mayores. Se me empezó a helar la sangre cuando, para mi sorpresa, no vi en ninguno de los cubículos a nadie. «Será de los baños de los tíos», me dije para relajarme. Pero mi piel ya rezumaba miedo y las gotas de sudor enfriaron mi espalda. Tensé los músculos e intenté quitarle hierro al asunto. «Estoy majareta, e...